Un buen salvaje

Todos en pie. El jefe Seattle, desde su tribu, se dirige al hombre blanco y a su corrompido mundo:

“El gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. (…) Pero ¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos? (…) Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en la profundidad de los bosques, cada claro entre los árboles, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles es sagrada experiencia y memoria de mi gente. (…) Los muertos de los blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Los nuestros, en cambio, nunca se alejan de la tierra, pues es la madre de todos nosotros. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.”

Si las lágrimas se lo permiten, pueden seguir leyendo el discurso del jefe Seattle en internet. Está por todas partes. Incluso se vende enmarcado para colgar en las paredes como concienciador universal. El de aquí arriba es una de las muchas e imaginativas variantes de él que vienen apareciendo desde el siglo XIX, en el que un periodista americano se inventó el primer rollo ecolohippy conocido de la historia moderna. Y es que, en realidad, el jefe Seattle nunca dijo esto. Primero porque no sabía inglés. Segundo porque el dialecto que sabía su intérprete indio era el que se utilizaba para los intercambios comerciales entre tribus indias que no hablaban el mismo idioma, y por lo tanto, una lengua incapaz de tanta floritura verbal. Y tercero porque no se hablaba del planeta Tierra, ni de la Humanidad, ni del Cielo de los indios, sino que se negociaba el precio de unas tierras cercanas en donde se encontraba el cementerio de la tribu y donde ellos creían que “vivían” los espíritus de sus difuntos.

Eso sí, sabemos que el jefe Seattle fue un gran guerrero. Pero no contra el hombre blanco, contra el que no guerreó jamás, sino contra otras tribus indias que querían sustituirle a él y a sus hombres en el lucrativo negocio de conservas de pescado que tenía el jefe con los blancos, y que hizo de él, como máxima autoridad que era, un tipo rico (y para muchos, claro está, un traidor). Pero no se preocupen: estoy seguro que Dios le ha perdonado sus pecados pues, no en vano, tanto el jefe Seattle como su esposa y sus hijos se convirtieron al catolicismo con la ayuda de un cura francés que impartía doctrina por allí, y ya sabemos que si en el “último momento” los católicos nos arrepentimos de nuestros pecados con un cura al lado… por muy numerosos u horrendos que estos pecados fueran, vamos al Cielo directos. Con el gran jefe Seattle.

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