Un pero en la sábana

¿Han oído hablar de la Sábana Santa? Sí, claro que sí: que si es una falsificación, que si no, que si el carbono 14, que si el polen, que si el análisis de la NASA, que si dice un forense no se qué, y patatín y patatán.

Chorradas.

¿Quieren saber cómo demostrar que es una falsificación en su propia casa y en menos de 10 segundos, y así asombrar a sus amigos? ¿Sí? Pues es muy fácil: solo necesitarán una muestra de la Sábana Santa, un espectrómetro de masas, un cadáver y…

Es broma. No necesitan nada de eso. Bastará una superficie firme donde tumbarse: el suelo por ejemplo (el colchón de la cama, si es firme, servirá, y la verdad es que es más cómodo, ustedes verán…) y echarle un vistazo a una de las miles de fotografías que hay de la Sábana por internet. Mira qué bien, aquí mismo hay una:

Fíjense bien. Como pueden comprobar, no ha hecho falta poner dos rombos a esta entrada: al parecer, nuestro Señor, en su sabiduría, decidió hacerse la foto para la posteridad con sus partes pudendas cubiertas. O sea, como Dios manda.

Pero vayamos grano. Reproduzcan esa pudorosa posición de la Sábana Santa tumbados sobre la superficie elegida. Recuerden que “están muertos”, dejen lacios sus brazos, que se apoyen por efecto de la gravedad los codos sobre la superficie, crucen las manos EXACTAMENTE como en la imagen (¡fíjense bien!) y cúbranse sus partes pudendas. ¡Vaya! Es imposible cubrirse las partes con los brazos “muertos” y los codos sobre la superficie sin hacer fuerza ¿verdad? Si en vez de ser el Hijo del Hombre fuera el hijo del orangután, no habría problema, pero los seres humanos no tenemos largura de brazos suficiente: esa posición de la Sábana Santa es imposible de tomar por un cuerpo humano. La Sábana Santa es falsa, Sr Watson.

Y al meapilas de la NASA, al forense, a la abejita del polen y a todos esos vividores, que les den. Menuda cara tienen.

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Parecidos asombrosos (2)

Un buen salvaje

Todos en pie. El jefe Seattle, desde su tribu, se dirige al hombre blanco y a su corrompido mundo:

“El gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. (…) Pero ¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos? (…) Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en la profundidad de los bosques, cada claro entre los árboles, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles es sagrada experiencia y memoria de mi gente. (…) Los muertos de los blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Los nuestros, en cambio, nunca se alejan de la tierra, pues es la madre de todos nosotros. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.”

Si las lágrimas se lo permiten, pueden seguir leyendo el discurso del jefe Seattle en internet. Está por todas partes. Incluso se vende enmarcado para colgar en las paredes como concienciador universal. El de aquí arriba es una de las muchas e imaginativas variantes de él que vienen apareciendo desde el siglo XIX, en el que un periodista americano se inventó el primer rollo ecolohippy conocido de la historia moderna. Y es que, en realidad, el jefe Seattle nunca dijo esto. Primero porque no sabía inglés. Segundo porque el dialecto que sabía su intérprete indio era el que se utilizaba para los intercambios comerciales entre tribus indias que no hablaban el mismo idioma, y por lo tanto, una lengua incapaz de tanta floritura verbal. Y tercero porque no se hablaba del planeta Tierra, ni de la Humanidad, ni del Cielo de los indios, sino que se negociaba el precio de unas tierras cercanas en donde se encontraba el cementerio de la tribu y donde ellos creían que “vivían” los espíritus de sus difuntos.

Eso sí, sabemos que el jefe Seattle fue un gran guerrero. Pero no contra el hombre blanco, contra el que no guerreó jamás, sino contra otras tribus indias que querían sustituirle a él y a sus hombres en el lucrativo negocio de conservas de pescado que tenía el jefe con los blancos, y que hizo de él, como máxima autoridad que era, un tipo rico (y para muchos, claro está, un traidor). Pero no se preocupen: estoy seguro que Dios le ha perdonado sus pecados pues, no en vano, tanto el jefe Seattle como su esposa y sus hijos se convirtieron al catolicismo con la ayuda de un cura francés que impartía doctrina por allí, y ya sabemos que si en el “último momento” los católicos nos arrepentimos de nuestros pecados con un cura al lado… por muy numerosos u horrendos que estos pecados fueran, vamos al Cielo directos. Con el gran jefe Seattle.

No somos nada

La muerte del capitán Kirk me obsesiona.

No soy tan viejo como para recordar el primer episodio de Star Trek. De hecho no soy tan viejo como para recordar ningún episodio de Star Trek, así que no sé mucho de la serie. Pero una cosa sí sé: el capitán muere en el primer episodio. Y su orejudo amigo y los demás también. En el resto de la serie solo salen sus clones. Que mueren y son reconstruidos una y otra vez en cada episodio. Star Trek es una carnicería: cada vez que viajan en la máquina teletransportadora, la máquina les deshace y los mata, y en el lugar de “destino” la máquina construye una copia exacta de ellos. Es horrible.

Ahora ya sabe que si usted se subiera a esa máquina moriría al instante, y en otro lugar la máquina construiría un ser igual que usted y que creería que es usted. De hecho todo el mundo creería que es usted. Pero usted estaría muerto y ese clon simplemente le suplantaría. ¿Por qué? Porque usted ES su cerebro, y un cerebro reconstruido con exactamente la misma forma y conteniendo exactamente la misma información NO es usted. Es una COPIA de usted, aunque sea perfecta. Usted ES su cerebro, o, por hilar más fino, la información que hay en él.

Sí, el cerebro es una estructura física que contiene información. Pero solo eso: una estructura física. Hoy en día no podemos hacerlo, pero entra dentro de lo plausible que en el futuro podamos construir artificialmente máquinas que imiten a la perfección el funcionamiento de un cerebro. Al fin y al cabo el cerebro es, como hemos dicho, solo una estructura física, y por lo tanto copiable. A partir de entonces podremos intruducir nuestro “yo”, la información, en un cerebro artificial y convertirnos en una máquina y…

Eh, eh, un momento. Habíamos quedado que “yo” soy MI cerebro. Sí, vale, usted puede copiar artificialmente mi cerebro y por lo tanto la información que hay en él, y hacer que una máquina lo imite y construir un robot, si le da la gana, y que se comporte como si fuera yo. Pero no soy yo. Es una copia. Usted no puede “chupar” mi información e “inyectarla” en una máquina. Solo copiarla. ¡Yo soy mi cerebro! Usted no me puede “meter” en una máquina a “mí”.

¿Seguro que no puedo?

Túmbese. Tranquilo, está usted en buenas manos. Ya sabe que puedo crear una máquina que se comporte como una copia de su cerebro a la perfección ¿verdad? Por lo tanto puedo construir maquinitas que se comporten como trocitos de su cerebro a la perfección. Ahora voy a dormirle. No va a sentir nada. Voy a extraer un trocito de su cerebro y lo voy a sustituir por una maquinita que es una copia artificial exacta del trocito que le extraigo. Despiértese. ¿Que tal se encuentra? Bien, ¿verdad? No nota ninguna diferencia: la maquinita es una copia perfecta. Duérmase otra vez. Sustituimos otro trocito. Despierte ¿Nota alguna diferencia? ¿No? Duérmase. Otro trocito. ¿Alguna diferencia? Duérmase. Otro trocito. Y otro. Y otro, y otro…

Despierte amigo. Ya no queda nada que sustituir. YA “ES” USTED UNA MAQUINA. Ya puede irse. No se olvide las pilas.

Parecidos asombrosos (1)

Carla Bruni – Marty Feldman

“Mozart debunking”

“Mozart debunking”. ¿Qué es eso? ¿Desacreditar a Mozart? ¿Eso existe? Imposible ¿Es que alguien puede odiar tanto a Mozart?

Pues sí. Hoy día hay gente que odia a Mozart (incluso aunque hayan pasado tantos años después de que nos lo representaran como a un idiota en la película de Forman). ¿Y qué clase de gente puede odiar a Mozart? Pues no hay una clase, sino dos clases:

Unos son los que afirman que la música de Mozart es mala. De estos no voy a seguir hablando: está claro que son sordos.

Pero los otros… ¡ah, esto es otra cosa amigos! Estos afirman que la música de Mozart es buena, sí, muy buena, pero… ¡que no la compuso Mozart!

¿Da mucha risa, eh? Pues cuidado, no se ahoguen con lo que viene…

Voy a hacer un inciso. Quiero que quede claro que desde mi juventud adoro como a un dios a Mozart, y sigo haciéndolo. Ha sido siempre mi compositor preferido. Con Bach me convierto en ángel. Me creo más hombre con Beethoven. Me doy cuenta de que no lo soy con el pobre Schubert. Me reconcilio conmigo mismo con Brahms. Pero con Mozart… con Mozart yo ni siquiera soy yo. Mozart no me hace mejor: me deshace. Querido lector: no, yo no soy un odiador de Mozart. Yo le amo.

Vale, aclarado. Entonces ¿quién narices se supone que compuso sus obras?

Bueno, más bien se trata de “quiénes”, pues estos odiadores nos dicen que Mozart, para ellos gran pianista, buen arreglista, mediocre compositor, y persona con pocos escrúpulos, se dedicó a tomar prestado, comprar, o incluso directamente copiar, música de otros compositores coetáneos y poner su firma (con o sin el más mínimo retoque por su parte).

¡Eso es ridículo! ¡Nombres! ¡Quiero nombres! A ver ¿quién compuso sus conciertos para violín?

Josef Mysliveček, amigo personal de Mozart, que se los vendió.

¿Y sus sinfonías?

Las buenas, Andrea Luchesi, Kapellmeister de Bonn (previo pago). El resto el hermano de Haydn, J. M. Kraus y otros.

¿Y sus conciertos para piano?

J. C. Bach, Luchesi otra vez, su hermana Nannerl con Josef Galinek…

¿El concierto para clarinete? ¿El quinteto?

Stadler (esa era fácil).

¿Y Don Giovanni? ¿Las Bodas? ¿Y la Flauta Mágica? ¿Y…?

¡Una lista inacabable! Arreglos de Mozart (y sus socios en negocios operísticos) basados en obras de otros, dicen. ¡Son pastiches! Incluso han escrito un libro entero ¡solo dedicado a cómo y de dónde copió el Aria de la Condesa!

Todo esto no puede ser verdad. No. Imposible. ¿Acaso estos energúmenos tienen pruebas? ¿eh? ¿tienen pruebas?

Eh… pues dicen que sí.

Por ejemplo, estos desalmados dicen que en la Biblioteca de Regensburg (en Alemania) hay un manuscrito de la sinfonía “París” en la que se ha raspado el nombre de Luchesi para escribir encima Mozart. Y te enseñan la foto.

Y en la famosa Biblioteca Estense de Modena hay un archivo con manuscritos de numerosas obras catalogadas sin autoría provenientes de Bonn, de donde Luchesi era Kapellmaister, y que solo el italiano pudo componer. Una de ellas, por ejemplo (y hay más), es la sinfonía “Júpiter” ni más ni menos… pero aquí está catalogada ¡varios años antes de que Mozart la “compusiera” y él mismo la incluyera en su catálogo personal!

¡No! ¡La “Júpiter” no! ¡Noooooooooooooooooooo….!

Sí. Estos profesionales del odio dicen que hubo una conspiración. Que no es un simple error. Que la música de Haydn es también producto del engaño (sus sinfonías serían: la primera mitad de Sammartini, y el resto de Luchesi). Que esto ocurría habitualmente en una época en la que la música era una “industria” de la que resultaba difícil para los compositores obtener beneficios, pero que daba prestigio a los nobles con los mejores músicos. Y que se movía dinero. Que, posteriormente, la musicología decimonónica alemana ensalzó (a sabiendas de que era falso) a sus primos hermanos austríacos como necesario “puente de genios” en el amplio hueco que quedaba entre los titanes alemanes Bach y Beethoven, hueco que no debían cubrir los “inferiores” italianos. Que Constanze ayudó, y mucho, a crear el mito del genio (por razones puramente económicas) tras la muerte de su marido. Que no solo se tergiversó y se mintió, sino que se manipularon, falsificaron y destruyeron documentos y partituras en aras del entonces joven y creciente nacionalismo alemán. Y que por tradición musicológica, y por la escasez de pruebas documentales que nos quedan, así ha seguido siendo contada la historia de la música hasta hoy.

¿Qué les parece? De locos, es verdad ¿Se preguntan si yo me lo creo? Pues no, no puedo creerlo ¿cómo voy a creer un horror semejante? Pero…

Cuando me dijeron que Shakespeare no había escrito sus obras, me reí y no hice nada. Cuando me dijeron que Vermeer y tantos otros genios de la pintura calcaban como niños sus obras, me reí y no hice nada.

Y ahora, que me dicen que Mozart no ha compuesto sus obras, han sembrado en mí la duda. ¡Ahora vienen a por mí!